La ausencia de ejemplaridad que condiciona el
futuro de la provincia.
Por Miguel Donadío
La relación entre ética pública y
desarrollo ya no admite demasiadas discusiones en el mundo contemporáneo. Los
informes anuales de Transparencia Internacional vienen demostrando desde hace
décadas que los países con menores índices de corrupción son también aquellos
que alcanzan mayores niveles de bienestar, estabilidad institucional y progreso
económico. La conclusión parece elemental: cuando la política administra con
honestidad, la sociedad prospera.
Sin embargo, en la provincia de
Buenos Aires ocurre exactamente lo contrario. Y en el centro de esa
problemática aparece una figura sobre la cual gran parte del discurso político
y mediático construyó una imagen de presunta ajenidad respecto de las prácticas
corruptas tradicionales: el gobernador Axel Kicillof.
La narrativa oficial intenta
mostrar a Kicillof como un dirigente distante de las inmoralidades
estructurales de la política bonaerense. Pero la realidad expone otra cosa: un
gobernador que frente a la corrupción instalada en el corazón del poder
provincial permanece ciego, sordo y mudo.
Ciego, porque nada parece
advertir en su entorno más cercano. Los escándalos que involucraron a
dirigentes de máxima cercanía política, como Martín Insaurralde o el ex
ministro de Transporte Jorge D’Onofrio, son apenas ejemplos recientes de una
estructura donde los episodios de corrupción dejan de ser excepcionales para
transformarse en parte del paisaje cotidiano.
Sordo, porque resulta imposible
creer que desde la Gobernación no se hayan escuchado los ecos del caso
“Chocolate” Rigau, uno de los mayores escándalos vinculados al manejo de fondos
políticos en la Legislatura bonaerense, precisamente en un ámbito dominado por
aliados y socios del oficialismo provincial.
Y mudo, porque durante toda su
gestión jamás se escuchó de boca del gobernador una política integral, un
discurso contundente o un proyecto relevante destinado a combatir la corrupción
estructural de la provincia. No hubo reformas institucionales profundas, ni
iniciativas ejemplificadoras, ni señales claras de intolerancia frente a los
abusos del poder.
La ausencia de ejemplaridad en la
cima del Estado tiene consecuencias directas sobre la sociedad. Cuando quienes
gobiernan no establecen estándares éticos claros, el deterioro institucional
termina naturalizándose. Y eso es precisamente lo que ocurre en Buenos Aires:
la corrupción dejó de sorprender porque gran parte de la ciudadanía terminó convencida
de que se trata de un fenómeno inevitable.
El problema no es únicamente
político. También es cultural y estructural. La provincia exhibe un sistema
donde la debilidad judicial frente a los hechos de corrupción convive con un
fuerte esquema de condicionamiento mediático a través de la pauta oficial,
mecanismo que muchas veces contribuye a mantener en penumbras innumerables
negociados de la política.
La consecuencia es una sociedad
desinformada sobre la verdadera dimensión de los entramados corruptos que
atraviesan distintas áreas del poder provincial.
Sin embargo, la historia
demuestra que la ejemplaridad pública puede modificar profundamente la conducta
institucional de un país.
Existen numerosos ejemplos de
dirigentes que entendieron que la ética en el ejercicio del poder no es un
gesto simbólico, sino una obligación moral indelegable. El general Pablo
Riccheri, por ejemplo, rechazó beneficiarse personalmente de una comisión
encubierta durante la compra de armamento para el Estado argentino y ordenó
utilizar ese dinero para adquirir más fusiles para el Ejército.
Elpidio González, ex
vicepresidente de la Nación, rechazó incluso una pensión honorífica cuando
atravesaba dificultades económicas, en un gesto de austeridad que quedó grabado
en la historia política argentina.
En Francia, Charles de Gaulle
pagaba de su bolsillo los consumos familiares de sus nietos realizados en el
Palacio del Elíseo. En Suecia, el célebre “affaire Toblerone” obligó a
renunciar a una viceprimera ministra por utilizar recursos públicos para gastos
personales menores como la compra de un chocolate. En Finlandia, la entonces
primera ministra Sanna Marín debió reintegrar dinero al Estado por consumos
familiares de sus hijos en la residencia oficial. En Nueva Zelanda, un ministro
dejó su cargo tras utilizar un teléfono oficial para hablar con su hija en el
exterior.
Y en Argentina, la figura de
Arturo Illia continúa siendo uno de los símbolos más contundentes de austeridad
y honestidad republicana.
Todos esos casos comparten un mismo
principio: la ética pública comienza desde arriba. Los liderazgos políticos que
transformaron positivamente sus países fueron aquellos que entendieron que la
autoridad moral constituye una condición indispensable para gobernar.
La provincia de Buenos Aires
atraviesa desde hace años una crisis estructural que excede lo económico o lo
administrativo. Se trata de una crisis ética. Y mientras no exista una decisión
política frontal para combatir la corrupción desde la máxima conducción del
Estado provincial, difícilmente pueda construirse un horizonte de desarrollo
sostenible.
Buenos Aires posee recursos
humanos, capacidad productiva y una dimensión económica comparable con muchas
naciones del mundo; pero ningún potencial alcanza cuando la degradación institucional
se vuelve norma.
La discusión de fondo ya no pasa
únicamente por la eficiencia de gestión, sino por la calidad moral de quienes
administran el poder.

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