Lunes
12 de octubre de 2026
Sturzenegger, los armadores paraguayos
y la luz roja
Ausencia
de una política fluvial y marítima nacional y el voluntarismo de quienes creen
que pueden resolver problemas complejos desde un Excel
La discusión sobre la navegación
fluvial argentina parece atrapada entre dos extremos igualmente peligrosos
Ex
subsecretario de Puertos y Vías Navegables
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L |
a
discusión sobre la navegación fluvial argentina parece atrapada entre dos
extremos igualmente peligrosos: la ausencia de una política fluviomarítima
nacional y el voluntarismo de quienes creen que pueden resolver problemas
complejos desde un Excel o desde un despacho, sin conocer realmente cómo
funciona un río navegable.
De
un lado, la Argentina no termina de definir qué quiere hacer con su Marina
Mercante, su cabotaje, sus vías navegables, sus puertos y la participación de
terceros pabellones. Del otro, aparecen funcionarios que parecen haber
encontrado una explicación sencilla para problemas que no lo son.
Federico
Sturzenegger se ha transformado, en esta discusión, en una suerte de vocero a
ciegas de determinadas posiciones de los armadores paraguayos, presentadas bajo
el rótulo políticamente atractivo de “eficiencia”. Pero eficiencia no significa
hacer cualquier cosa más rápido o más barato. Eficiencia es obtener el
resultado buscado sin destruir las condiciones que permiten que el sistema
funcione y en navegación hay una condición que está por encima de cualquier
discusión comercial: la seguridad.
Ese
principio parece haberse perdido de vista en la discusión sobre los
amarraderos.
Supongamos
que existen negocios indebidos. Supongamos que hay intermediarios que cobran de
más. Supongamos incluso que determinados amarraderos constituyen un negocio de
cuarto o quinto orden que debe ser revisado.
Perfecto…
Que se revisen.
El
Estado tiene herramientas regulatorias, administrativas y operativas para
hacerlo. Pero para evitar el “negocito” de los limpiavidrios no se puede cruzar
el semáforo en rojo. Y eso es exactamente lo que preocupa.
Para
atacar una actividad secundaria, se termina colocando en un nivel
peligrosamente bajo la evaluación del riesgo asociado a la seguridad de la
navegación.
El
problema no es solamente la medida; el problema es la lógica con la que se
llega a ella porque cuando alguien desconoce la complejidad de una operación
fluvial, puede confundir una condición de seguridad con una traba burocrática,
un procedimiento operativo con una “regulación innecesaria” o una actividad
económica secundaria con el problema central del sistema; allí la ideología de
la desregulación puede convertirse en una peligrosa caricatura de la
eficiencia.
El
río no funciona como una planilla de cálculo.
Hay
corrientes, calados, maniobras, condiciones meteorológicas, tráfico, cruces,
zonas de espera, amarras, remolques, empujes, cargas, tripulaciones y
consecuencias.
La
navegación no admite improvisaciones; mucho menos cuando las decisiones se
toman para satisfacer, directa o indirectamente, los reclamos de determinados
actores del transporte fluvial.
La
pregunta que debería hacerse el Gobierno argentino es otra:
¿Cuál
es la política fluviomarítima de la Argentina?
Porque
si esa política no existe, otros terminan escribiéndola.
·
La escriben los
armadores.
·
La escriben los operadores.
·
La escriben los
intereses logísticos de terceros países.
·
La escriben los
funcionarios de turno.
Y
finalmente la Argentina termina administrando decisiones ajenas en su propio
territorio y sobre sus propias vías navegables.
Eso
es mucho más grave que cualquier amarradero.
Argentina
tiene derecho —y obligación— de promover eficiencia, competencia y reducción de
costos logísticos, pero eso no significa aceptar como verdad revelada cualquier
reclamo formulado en nombre de la eficiencia y mucho menos cuando detrás de esa
palabra se pretende instalar la idea de que toda regulación argentina es una
barrera y que toda flexibilización favorable a operadores extranjeros es
automáticamente modernización.
No
todo lo que se presenta como eficiencia es eficiencia. A veces es simplemente
transferencia de costos y de riesgos y cuando el costo lo termina pagando la
seguridad de la navegación, el problema deja de ser comercial; pasa a ser una
cuestión de Estado. Por eso el debate debería empezar por el principio.
¿Qué
Marina Mercante quiere tener la Argentina?
¿Qué
papel quiere que cumplan sus buques?
¿Qué
régimen de cabotaje pretende?
¿Qué
condiciones establece para terceros pabellones?
¿Cómo
garantiza la seguridad de la navegación?
¿Quién
controla?
¿Quién
responde cuando algo sale mal?
¿Y
cuál es el proyecto estratégico para las vías navegables que constituyen una de
las principales arterias económicas del país?
Después
discutamos los amarraderos. Después discutamos los costos. Después discutamos
los negocios, pero no invirtamos el orden de las prioridades porque un Estado
serio puede terminar con un negocio irregular. Puede eliminar un privilegio; Puede
modificar una regulación. Puede abrir una competencia. Puede bajar costos. Lo
que no puede hacer es poner en riesgo la seguridad de la navegación para
demostrar que es eficiente.
Sturzenegger
podrá tener razón en que existen regulaciones que deben ser revisadas, pero si
para corregirlas se ignora el conocimiento técnico específico del sector, se
comete un error mucho más grave que aquel que se pretendía solucionar, porque
el liberalismo sin conocimiento técnico también puede terminar siendo una forma
de intervencionismo: interviene sobre un sistema que no comprende y modifica
sus reglas sin medir adecuadamente las consecuencias y ahí está el verdadero
problema argentino.
No
necesitamos funcionarios que simplemente desregulen; necesitamos funcionarios
que sepan qué regular, cuándo hacerlo y sobre todo, qué cosas jamás deben
ponerse en juego.
En el río, una mala decisión no siempre se puede corregir después y si para eliminar un “negocito” de cuarto o quinto orden terminamos cruzando la luz roja, alguien debería preguntarse quién se hará responsable cuando llegue el accidente.
La
eficiencia puede esperar. La seguridad de la navegación, no.
Por
Jorje Metz
Ex subsecretario de Puertos y Vías Navegables

Bien escrito. Desde el Excel y el escritorio ......... y ni idea de que es proa o popa
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